
17 Mar El misterio de mamá y “Je vole”
Y tres años después de partir su pareja de toda la vida (más de sesenta años casados), ella voló también. Mi papá y mi mamá. Mamá y su misterio. Sí. Su misterio.
Me acompañan en la despedida mis hijos, yernos y nueras, nietos, hermanos, sobrinos, primos, tíos, amigos. Muy amigos. Íntimos. Todos íntimos. Una gran familia más allá de los lazos de sangre. Incluido Xavi, del equipo PADES, presente, muy presente durante estos últimos seis meses. Un regalo. Un gran regalo cuando los seres humanos son humanos y se dan permiso para conmoverse. Y nos conmueven.
Y mi mamá cantando “Je vole” (Yo vuelo), de Louane. “Os quiero, pero me voy. No me escapo, vuelo. Lo habéis oído bien, vuelo. Una estación, otra estación. No me escapo, vuelo. Lo habéis oído bien, vuelo”.
Sin temor al camino. Un camino lleno de etapas existenciales. Siempre sorprendente. Siempre sorprendiéndonos en sus misterios.
Como el de mi madre. Hacía lo que se esperaba de ella como mujer de la generación de la posguerra, renunciando a sus propias inquietudes. Ese entorno social de hacer lo que toca hacer y decir solo lo que el otro quiere escuchar. Complacer al otro. Su manera de dar amor.
Eso aprendí. Así empecé yo. Pero me rebelé y me volví gamberro. Creía que esta sería mi gran aportación a los patrones familiares establecidos: dar amor de otras nuevas maneras.
Pues no. Nada nuevo porque mi madre también ya lo llevaba dentro sin saberlo nosotros. Era muy pilla. Lo he descubierto en estos seis últimos meses. ¿Cómo? Llevando la contraria a los pronósticos de los equipos médicos según los cuales a lo sumo viviría hasta noviembre de este año pasado. Pero ella siguió. Un misterio. Después hasta diciembre. Tampoco se paró. Más misterio.
En esta etapa de su vida ha querido hacer lo que a ella le ha dado la gana. Lo ha mostrado. Por amor. Se ha rebelado durante todos estos meses hasta el 12 de marzo del presente año cuando ya traspasó el umbral.
Y esta nueva forma de dar amor por parte de mi madre ha implicado que por primera vez en mi vida yo haya disfrutado de todos mis hijos en esta pasada Nochebuena. Ellos que viven a 20 kilómetros, a 1.200 y a 4.700 kilómetros de Barcelona. Juntos todos en Nochebuena. La primera vez. Gracias al gamberrismo de mi madre. Un misterio. Toda la familia reunida en una gran fiesta en su casa celebrando el nacimiento de una nueva luz. Una nueva manera de hacer. Mi madre con todos sus hijos, nietos y parejas y bisnietos. Ella lo consiguió saltándose lo que se esperaba. Catorce personas alrededor de la mesa.
Todo un lujo.
Y mi mamá cantando “Je vole” (Yo vuelo), de Louane. “Os quiero, pero me voy. No me escapo, vuelo. Lo habéis oído bien, vuelo. Una estación, otra estación. No me escapo, vuelo. Lo habéis oído bien, vuelo”.
Sus últimas palabras ahora en marzo: “Us estimo molt”. Y cerró los ojos.